Azúcar y Miel

– ¿Y si volvemos a Japón?

-A mi no me importaría, ¿a ti?

– ¡Por mi genial! Aun que podíamos hacer Japón y otro país más ¿no?…

-¿Cuantos días?

– ¿Mínimo un mes?

-Un  mes??!!??

– Si venga! Que es una vez en la vida!… (porfaaaaaaa)

-¡Venga va!

Sólo saber que vas a hacer el viaje de tu luna de miel te pone los pelos de punta y hace imposible que te decidas en menos de una semana por el destino, los hoteles o la ropa que te quieres llevar… (no voy a decir los meses que nos llevó preparar todo porque…).

– Y si vamos a Australia y alquilamos una caravana? Y que tal Alaska y Canadá? Y la Polinesia? esas playas paradisiacas tumbados al sol,.. Has visto este hotel??? Que te parece Indonesia?

– Mmmm Indonesia un mes me parece buena idea!

Claro, que yo nunca pensé que habría tantos volcanes visitables en Indonesia… Mientras que yo imaginaba playas desiertas, Angel imaginaba trekkings interminables por volcanes, caminatas de no menos de 7 horas y volver con el PADI en el bolsillo…Mi sueño…

Pero como buenos recién casados que somos, llegamos a un acuerdo y conseguimos llegar a un 50/50 de aventura y relax.

 

Primer destino, Borneo.

Yo iba a Borneo sabiendo que durante 2 días iba a estar navegando en un barquito (que no me daba confianza) por un río lleno de cocodrilos y demás…parando en ciertos puntos para ver orangutanes,… Mi plan ideal de luna de miel!

Llegamos a un muelle destartalado lleno de gallinas y casas medio derruidas con un trapo como puerta principal, 4 o 5 pollitos revoloteando entre montones de basura y algún cachorro de perro jugando con los hijos pequeños del “marinero”.

Nos miramos, nos reímos y me remangué mi vestido de safari para no tropezarme con ninguna cosa rara del suelo.

Y ahí estaba nuestra casa durante 2 días: Un barquito blanco y Azul turquesa con tres caras que nos sonreían de oreja a oreja, dos banquitos en Proa y una mesa con vistas al infinito. Miré a Ángel y le di las gracias por haberme al final convencido para estar ahora ahí.

Dejamos nuestras maletas al lado del colchón de Hello Kitty entre miradas incrédulas y carcajadas hasta que nos dimos cuenta que nuestra primera comida ya estaba preparada en la mesa, y empezamos a navegar.

A parte de lo buenísima que estaba la comida preparada por la cocinera que venía a bordo con nosotros, el paisaje lo hacía todo más bucólico, más romántico, y más aventura!. Empezamos a ver cocodrilos, una cobra enorme con prisa cruzando el rio, orangutanes, narigudos, tucanes, jabalíes, macacos,… Me dio tiempo a pintar, a tumbarnos al sol mirando los kilómetros de palmeras que íbamos dejando atrás mientras merendábamos plátano frito y cenábamos a la luz de una vela con el sonido de la selva de fondo. UNA GOZADA.

Es muy especial ver a los orangutanes en medio de la selva, andar, comer o saltar de árbol en árbol, pero sin duda me quedo con el Klotok (barquito), su sonido, la paz de navegar por la selva y ser feliz junto a mi marido.

Borneo se pasó muy rápido y enseguida estábamos en Yogyakarta, en un hotel precioso rodeado de vegetación y sin nada alrededor (a parte de una mezquita que nos dio la noche). Ahí íbamos a relajarnos, a pasear por templos, a alquilar una bici y recorrernos el pueblecillo de puestos ambulantes que venden desde pollos hasta mangos recién cortados.

Sin duda, a parte del fantástico amanecer, lo mejor fue la excursión que hicimos en coche de caballo por los alrededores del hotel, donde descubrimos flores especiales, escarabajos dorados, un taller de alfarería y las patatas de boniato (un vicio de luna de miel que nos acompañó en aeropuertos, barcos),…

Y después de descansar, toca subir los dos primeros volcanes: el Mt.Bromo y el Ljen cráter.

Fue impresionante escuchar tan de cerca el sonido de un volcán en actividad y ver como salen de el partículas. A mi personalmente me dio mas respeto y miedo que otra cosa.

Nos dan las 11pm y suena el despertador. Nos vamos a subir el cráter Ljen. Un cráter lleno de Azufre que al contacto con el calor del volcán y los humos que desprende, hace que la lava se vea azul. Pero claro, solo se ve azul por la noche, así que a las 12am éramos muchos, los pringados,… digo valientes… que iban con sus mochilas y sus linternas en la cabeza, a ver la lava azul… sin saber que primero tienes que subir unos 2,500 metros, para luego bajarlos y volver a subirlos…

Con mi espíritu aventurero, mi vértigo y la luna llena riéndose de mí, le di la mano a mi guía indonesio (que no sabía ni decir hola en inglés) y bajamos juntos el camino de cabras. No se por qué me daba más confianza bajar de la mano con él que sola (jajaja). Y ahí estábamos todos, bajando con nuestras linternas en la oscuridad y nuestras mascaras de central nuclear, que aunque muy útiles, cuando te viene el aire de frente, es imposible respirar y te ahogas.

Al igual que cuando las vacas vuelven a casa, la vuelta por el camino de piedras la hicimos más rápido, y con más alegría. Ya nos volvíamos cuando vimos que había gente que subía aún más el cráter… como pudimos le dijimos al guía que queríamos ver lo que había y fue lo más bonito del trekking sin duda: un amanecer impresionante, rodeados de nubes, sin un solo ruido.

IMG_7833

Directamente después de la subida al Ljen, nos cogimos el ferry a Bali y empezamos nuestro descubrimiento de una isla impresionante desde el norte (Lovina), hasta Ubud, pasando por Gobleg y sus lagos. Un viaje en coche con paisajes increíbles.

Fuera del meollo turístico y pasando por unos arrozales estrechos, por los cuales casi no pasaba nuestra mini van, corrían sin rumbo unas gallinas perdidas:

– Seguro que es aquí? …

– Eso pone en el mapa…

Y como salido de la nada, encontramos un parking con un cartel con el nombre del hotel y una puerta estrecha balinesa. Una puerta que como en las películas de fantasía, llevaba a una recepción rodeada de vegetación y una piscina infinita con vistas a palmeras. No se veía nada más, no se oían voces, solo el ruido de las hojas mojadas por la niebla de la selva.

Tardamos 5 minutos en bajar todas las escaleras que nos llevaban a nuestra cabaña, pero ahí, entre la inmensidad de la nada y el todo, éramos felices.

Al día siguiente volamos como reyes por encima de volcanes y terrazas de arrozales infinitas, en un helicóptero, que amigos, nos habían regalado por nuestra boda. Fue una experiencia preciosa que terminó dando de comer a elefantes golosos en una reserva natural!

Saliendo de la reserva, como si nos estuviesen esperando, una larga marabunta blanca de tambores, dragones y sombrillas balinesas nos despedía del norte de Ubud.

Llegamos al centro de Ubud y nuestra fascinación por los hoteles balineses solo iba “in crescendo”. Esta vez nuestro hotel estaba dentro de un arrozal, por el que pasabas para ir a la piscina o al restaurante. Restaurante exquisito en el que se nos antojó comer más de una vez…

Sin moto aún, decidimos darnos una vuelta andando por el centro de Ubud, lleno hasta arriba de turistas, motos y coches y pasó lo que las nubes venían anunciándonos:

Un diluvio de 30 minutos que no dejo títere con cabeza (o algo de nosotros que no estuviese empapado). Aprovechamos a tomarnos un “Nasi Goreng” en una terracita cubierta que daba a un riachuelo y un helado casero de menta y chocolate y stracciatella…por hacer tiempo hasta que la lluvia parase…

Ubud se nos fue pronto pero sin pena porque volvíamos al final del viaje y porque nos íbamos a una de esas islas que recorres andando en unas horas, en las que no hay coches sino solo mini carrozas de caballos que te llevan las maletas a tu hotel.

Llegamos a Gili island y nos esperaban unas playas blancas repletas de peces de colores que se veían sin necesidad de gafas de bucear.

-Y si hacemos el PADI?…

Angel iba con unas ganas locas de bucear, yo iba con ganas locas de evitarlo. Pero el amor pudo mas que mi miedo y dije que si, que venga…

Y allí estábamos los dos, con ordenador en una mesa de madera baja mirando el mar turquesa y aprendiéndonos la teoría para poder pasar el examen… y llega la primera inmersión… y ME tengo que tirar de espaldas con la bombona y mi cerebro pensando qué hacer si veo un tiburón.

Conseguí no morirme, no liarla y solo ver tortugas y peces “inofensivos”. Conseguí medio disfrutar (pero no ir a gusto del todo)… pero Ángel iba feliz de verme nadar normal…

Segunda practica y nos vamos a hacerla al mar en vez de en la piscina.  Quien tenga mi pánico al mar entenderá la situación que voy a describir:

Corales a mis pies, un barco de madera parado a 5 metros y mas allá todo oscuro con los rayos de sol acuchillando el agua.

-Nada hacia el barco y vuelve.

Primer horror y mi cabeza dándole vueltas a las películas de la sirenita y el barco hundido del que sale el tiburón… Voy nadando hablando conmigo misma diciendo que soy tonta y que me da miedo unos dibujos animados y,… vuelvo a toda pastilla nadando como un colibrí sin alas.

-Vale, ahora te quitas las gafas y nadas sin ver nada y te vuelves a poner las gafas.

Genial, miro a la instructora con cara de cordero degollado, miro a Ángel con cara de odio y me quito las gafas y voy pensando, “bueno… por lo menos si viene un tiburón, no le veo y me da la sorpresa y no me entero”…

Pero pasó lo que todos sabíamos que iba a pasar (menos Ángel que de verdad pensaba que yo estaba más o menos disfrutando). Me puse las gafas, no conseguí quitarme el agua bien, tragué agua por la nariz y me entró un ataque de pánico… Y ya no me acuerdo de mas!

Dicen que me quité el oxígeno e intenté subir para arriba. Yo solo me acuerdo de pelearme con la instructora porque no me dejaba subir a la superficie y me agobié aún más.

Conseguí respirar con el oxígeno otra vez, las gafas llenas de agua y los ojos abiertos (hasta veía bien!) y decirle a la profesora se acabó!. Subimos a la superficie y lloré sin consuelo durante… bastante tiempo… Sin poder salir del agua del shock que llevaba.   Lo volví a intentar esta vez en la piscina y por Ángel, después de una hora de descanso… pero mientras iba desinflando el chaleco para bajar al fondo, iba llorando otra vez… y la instructora me dijo que igual el buceo no era lo mío…

Fue una experiencia un poco traumática no solo por el shock, si no por ser la primera vez que me proponía hacer algo y no lo conseguía y encima delante de alguien que estaba deseando que lo lograse. Tengo que reconocer que ese día me recorrí la isla sola con mi cámara de fotos pensando que era una floja y llorando, mientras que Ángel terminaba el PADI.

Desde Gili Air, nos fuimos directos a Lombok en un barquito público que iba a ras del agua. En Lombok teníamos como recibimiento una escalada de dos días al Rinjani. Nos apetecía (a unos más que a otros) porque íbamos a dormir en la cima del volcán una noche y todo pintaba a una experiencia increíble.

Y lo fue,

Empezamos a andar por un campos de hierbas amarillas sembrados de plastas de vaca (descomunales) que íbamos esquivando y poco a poco íbamos notando como la respiración se iba acelerando. Una hora, dos horas, tres horas,…y paramos a comer.

Cogimos fuerzas y nos empezó a envolver una nube rara y una niebla que no dejaba ver más allá de 2 metros.

Parece que va a llover…

TORMENTÓN de los que te caen de las pestañas gotas de agua que pesan, que te calan los huesos y te fastidian la cámara de fotos.

4 horas andando, risas, 5 horas, 6 horas… ya no hay risas y es más la cara de “¡como intentes contarme otro chiste te tiro por la montaña!” y “¡¡esto no es una luna de miel, es una faena!!”.

Últimas dos horas de subida a gatas, sin ver nada y por fin llegamos a la cima y el increíble atardecer que se nos prometía ver, completamente cubierto por nubes, la ropa completamente empapada y la tienda de campaña rodeada de gritos de monos. Muy Bucólico todo.

Después de otras 7 u 8 horas de bajada del volcán al dia siguiente (de las cuales 4 fui pensando cómo podía bajarlo rodando), he de decir que llegar a la carretera y ver un baño me dio la vida y la energía para sonreir y gritar, “lo hemos conseguidooooo!!”.

Nos esperaba una buena tirada de coche hasta Sunut, la punta más al sur este de Lombok. Allí pasamos 2 días en el paraíso, en un eco hotel  de unas 10 cabañas de lujo de estilo indonesio, en bambú, rodeados de una playa virgen que usamos nosotros solos, sin internet, bebiendo zumo de jengibre con lima y escoltados por algún mono rezagado.

Dos días en la gloria, relajados del mundo, andando como patos por culpa de las agujetas más impresionantes que he tenido en mi vida (Gracias Rinjani).

Llega el momento de decir adiós, no sin antes pasar por Kuta Lombok, sus playas magnificas perdidas entre paisajes a los que cuesta llegar en moto. Playas que perfectamente mezclan paisajes de Bora Bora y Escocia y te dan a beber cocos recién caídos, mientras ves manadas de búfalos bañándose en barro.

No nos íbamos a ir de Lombok sin (en uno de los momentos más relajados en una cama balinesa mirando al mar… Angel a la izquierda, yo a la derecha) oír un golpe seco en la colchoneta, mirar a la izquierda y ver un lagarto negro de unos 20cm como salido de un comic, mirándonos… Nos miramos todos, volvemos a mirar al lagarto y yo dar un grito que hizo que todo el hotel nos mirara…

Pues en un momento de terror en el que crees que tu marido te va a proteger, ahí está… tu valiente don Quijote tirándote hacia el lagarto mientras que él te salta por encima y se baja de la cama… Que ataque de risa que nos duró toda la tarde!

Llega otro momento clave del viaje para mi marido aventurero: Komodo y sus dragones…

Cogimos un barco para nosotros solos y durante dos días, estuvimos navegando entre islas paradisiacas, mantas, delfines y reservas de los lagartos más feos que he visto nunca (personalmente).

Hubo un momento que me voló cerca un pájaro mientras que le hacía una foto a uno de los dragones y casi me da un infarto! yo,… no iba muy relajada estando tan cerca de esos bichos, como podréis imaginar, aun que reconozco que hay que verlos una vez en la vida y sobre todo, navegar por esas aguas azul turquesa durante días.

Dia 28 de la luna de miel, último hotel, último capricho: Bvlgari Hotel en Bali.

No puedo decir nada más que el hotel es completamente un sueño, desde la cabaña con piscina propia que cogimos, el spa, el desayuno, la piscina infinita con vistas al océano interminable, bajar a la playa vacía en ascensor por un acantilado cubierto de vegetación y monos sorprendidos, un restaurante en medio de la nada… un final de cuento para una luna de miel ESPECTACULAR.

-Y si perdemos el vuelo? – conspirábamos por última vez mientras merendábamos nuestra última dosis de azúcar y miel.

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